El peligro del carpe diem occidental

El peligro del carpe diem occidental

 ¿Has visto la película “El club de los poetas muertos” (“La sociedad de los poetas muertos” en Latinoamérica)?

 Ahí se hace una oda a la expresión latina carpe diem, que significa “disfruta del día” y mejor expresado sería “disfruta del momento presente”. La película deja un buen sabor de boca y creo que ha calado bastante en la sociedad occidental a la hora de darle publicidad a eso del carpe diem.

 En esta ocasión no voy a hacer un análisis de si la película tiene mensajes subliminales de lavado cerebral o no. Sólo me voy a dedicar a tratar el cómo se ha corrompido el profundo sentido espiritual que debería tener esa expresión. El cómo se ha convertido en algo venenoso en nuestra sociedad occidental.

 A ver, también me he venido yo demasiado arriba con lo del profundo sentido espiritual. Lo cierto es que la expresión original latina es “carpe diem quam minimim credula postero”, que vendría a ser “aprovecha el día de hoy, confía lo menos posible en el mañana”. O sea, nada que ver con la espiritualidad eso de no confiar en el mañana.

 Sin embargo, creo que convendría darle a carpe diem el sentido espiritual que ha de tener. Espiritualmente, yo creo que el carpe diem tendría que ver bastante con el mindfulness, con estar presentes y atentos disfrutando del simple hecho de ser, observar, estar vivos. Y con la certeza de que mañana –que es el presente de dentro de poco- también vamos a disfrutar de estar vivos.

 Y ese disfrute, paradójicamente puede ser pasar por vivencias jodidas también. Pero si las tomamos como experiencias de estar vivos, la cosa cambia.

 Lo que veo ahora en la sociedad occidental es como que hay un carpe diem obligado, basado en el tener, un carpe diem totalmente hedonista de satisfacción rápida de deseos. Tener algo ya, lo que sea: tener amigos, tener aduladores, tener posesiones materiales, tener pareja, tener reconocimiento, ser alguien… Con la sensación de que si no tienes, no eres nadie. Y con la sensación de que hay que aprovechar la vida porque es sólo una.

 Y en ese intento de aprovechar la vida porque sólo hay una, se cae en no confiar en el mañana, en apegarse al disfrute de aquí y ahora, en hacer barbaridades porque el tiempo corre. Y cometemos imprudencias, nos tiramos a piscinas sin agua… porque se acaba el tiempo!!! Es un carpe diem envenenado con la creencia de que no hay más vida después de la muerte. 

¿Es importante el tiempo? Por supuesto que es importante porque en nuestra vida física tenemos fecha de caducidad. Pero es más importante aún sanar nuestra relación con él. Al tiempo, hay que inyectarle confianza para que sea nuestro amigo. Si no, se convierte en claro enemigo.

 ¿Cómo poder inyectar esa confianza o más bien eliminar obstáculos para que aflore dicha confianza desde nuestra esencia?

 Para conseguir esto, vamos a irnos a lo macro, al universo. Mira, mientras sigamos pensando en un universo en el que el ser humano es algo pequeño y sin importancia que ha surgido de casualidad por la evolución de una ameba tras una explosión de una piedra en el centro del universo, vamos mal para confiar en el mañana y relajarnos hoy.

 A mi modo de verlo, es imposible estar realmente conectados con nuestro espíritu, con nuestra espiritualidad, si nos creemos el “posible cuento” del universo big-bang. Para conectar con nuestra espiritualidad y que nos encaje el tema de que el alma no muere sino que permanece, hay que asumir que provenimos de una creación inteligente.

 De esa forma, sabiendo que hay una inteligencia divina creadora, tal vez podemos relajarnos más respecto al tiempo, tal vez podemos confiar en que si nos sincronizamos con el lento ritmo de la naturaleza, con el lento caminar por la vida de los animales, podemos optar a un verdadero carpe diem, y vivir el presente con confianza en el futuro. Sin forzarnos ni obligarnos a nosotros mismos a estar felices ya porque lo manda la sociedad, que hasta nos impone ser felices (desarrollo esto fantásticamente en mi libro Espiritualidad desobediente)



 Para acabar el artículo, te cuento algo que me ocurrió ayer, que es lo que me ha hecho escribir esto. Ayer tenía que tomar una decisión respecto a algo que iba a hacer el día 1 de noviembre. Algo relacionado con el carpe diem modo occidental. Algo que iba a hacer incluso de forma ligeramente imprudente por la descofianza en el futuro…

 Y cuando tengo que tomar importantes decisiones, ahora ya me voy a usar la ley del 7 (descubierta por mí, ja, ja, ja) y repaso mis ciclos de tiempo de 7 años.

 ¿Resultado? Pues que yo, el 2 de noviembre de 2005, hace 14 años –dos ciclos de 7 años- cometí una imprudencia de proporciones bíblicas. La imprudencia de este 1 de noviembre iba a ser de muchísimo menos nivel, pero aun así, el trasfondo era el mismo.

 ¿Y qué hice? Pues tirarme a la piscina, pero no a la piscina de la imprudencia, sino a una piscina que no sabía que existía. Te lo explico mejor…

 Cuando tienes la sensación de estar tirándote a una piscina que probablemente no tenga agua, si miras a derecha o izquierda como hice yo, puedes encontrar otra piscina. Y me pregunté, ¿qué coño hace esta piscina aquí? Y resulta que era la piscina de decir “no”. Era la piscina de hacer lo que no hice en 2005, porque…

 Resulta curioso que la piscina de decir “no” a algo que quieres decir “sí” aunque sabes que hay riesgos, te da más miedo en un principio. Es decir, que tienes algo “a huevo” y parece una gran oportunidad, pero es algo con un riesgo considerable. Sin embargo, para ti el riesgo más fuerte, el miedo más grande, está en “qué pasará si no me arriesgo”.

 Y elegí la piscina del “no”.

 ¿Qué pasó? Pues que me sentí absolutamente liberado, contento, contentísimo. Sentí que había elegido elegir. En 2005 yo no elegí elegir. En 2005 no existía la posibilidad del “no” por ningún lado del pánico que me daba. En 2005 lo verdaderamente valiente habría sido decir “no”. Lo que hice en 2005 no fue valentía ni asumir riesgos, fue IMPRUDENCIA SUMA. Si hubiera sido valiente de verdad, me hubiera enfrentado al pánico que me suponía el decir “no”.

 ¿Por qué ayer dije “no” a un caramelo simbólico? Porque confié tanto en el hoy como en el mañana. Porque puedo disfrutar del hoy y también del mañana. ¡¡¡Y me encantó la sensación de libertad!!!

 Y con esa alegría y esa libertad que me dio la decisión de ayer, me despido agradeciéndote como siempre que me leas. Un abrazo!

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